Domingo, octubre 7th, 2007

La Dictadura del Lenguaje

Vivimos en mundo en donde todo es lenguaje; vivimos en la dictadura del lenguaje. Tal vez suene un poco apresurado y ostentoso, sin embargo analicemos sus alcances.

La globalización y los adelantos tecnológicos nos permiten enterarnos de forma casi instantánea de lo que pasa en cualquier punto del planeta. La distancia ya no es barrera para la comunicación, si a principios del siglo pasado se debían esperar meses para obtener una noticia fragmentaria y obsoleta hoy sólo necesitamos prender el computador y saber que esta pasando en el extremo opuesto del mundo.

Además, estamos en un mundo en donde la publicidad y su mercantilismo nos siguen donde vayamos. Es sólo cosa de revisar un poco los programas de televisión, de radio o navegar por internet, la publicidad, esa especie de lenguaje orientado a fines prácticos y comerciales nos invade. Incluso si vamos tranquilamente caminando por calle con sus voluminosos letreros y símbolos.

El lenguaje se ha convertido en un vehículo ideológico y de cohesión social. Es así un arma de doble filo, un compañero inseparable del cual no podemos renegar, pero que tampoco podemos darle la espalda porque en cualquier momento podemos perecer.

La idea de este ensayo busca reflexionar un poco esta problemática asociada al lenguaje, y dar a conocer tal vez un punto poco revisado de ella a lo que llamaremos la “dictadura del lenguaje”. Para ello tomaremos de referencia el libro “Mil ochocientos ochenta y cuatro” de George Orwell.

El lenguaje definido formalmente aparece como un sistema de signos dentro de estructuras inconscientes del sujeto. Al adherir o crear un discurso en específico estamos seleccionando conceptos e ideas en desmedro de otras, así estamos creando una especie de verdad. Una verdad construida que entra en competencia con muchas otros discursos personales.

El lenguaje considerado de esta forma no es sólo un vehículo ideológico, sino un creador de status y controlador de una verdad. Así dentro de la comunicación lingüística podemos hablar de una constante relación de dominación.

Esto lo podemos ver dentro de la obra de Orwell. La decadencia de un mundo creado, de una verdad impuesta de diferentes formas, en donde poco importa desde cuando esta operando o bajo que fin, en donde la gente ha perdido el interés del conocer por el de aceptación de un discurso que se convierte en ley. Esa idea del “gran hermano que vigila”, la de un ente superior que esta pendiente de los actos para castigar. Un sistema establecido, sin cuerpo visible que no sólo maneja y controla en el conciente, sino toma forma en el subconsciente como pauta de comportamiento que nos rige en el social.

Lo que parece nada más que una novela parece materializarse en el presente, el mundo de Oceanía y su guerra con Eurasia ya no es ficción, y lo que parece más temible la realidad parece superar a la imaginación. La guerra del occidente liderada por Estados Unidos y al mando de George Bush emprende entre tantas de sus arremetidas contra Irak, pueblo bombardeado desde hace diez años y los norteamericanos sólo reciben buenas noticias por los medios de comunicación, tal como Oceanía en la novela, de sus victorias en el campo aliado. Poco importa porque se lucha, o como se haga, o cuanta gente muera en ello, el sentimiento nacionalista todo lo supera, la sensación de poder es gratificante; o como diría Orwell en su libro “La guerra es paz”.

Ahí vemos un claro ejemplo de la manipulación del lenguaje, en donde se convierte en un aliado de la elite dominante mostrándonos sólo una verdad, construida y mediatizada para obtener el apoyo necesario. Esta forma de mostrar la verdad, un análogo a la neolengua de Orwell, busca mantener un pueblo sumido en una etapa de vegetación, en donde no exista el cuestionamiento. No sólo a Winston Smith le cuesta expresarse sino todos vamos por ese camino.

Todos los días la gente (en el cual me incluyo) recibe su dosis diaria “de sus dos minutos de odio” en donde se presenta puntualmente un tipo de realidad presentada de cierta forma. La realidad es filtrada y entregada con diferentes matices para la aceptación de la comunidad, palabras como democracia, consenso y opinión pública a veces no son más que construcciones destinadas a apoyar dicho fin. La idea representada en la frase “La ignorancia es la fuerza” se nos hace presente, entre menos sepa el pueblo de lo que la clase diligente haga o tenga menos ingerencia en su constitución estará más tranquila, mientras no le afecte directamente la consecuencia de dicha “ignorancia” no hará nada. El sistema y su discurso implantado a través del lenguaje absorbe, homogeniza, y nos hace parte de una uniformidad aletargante. Aunque a veces haya momentos de duda, la fuerza de la rutina se encarga de conducirnos de nuevo al camino original.

La neolengua, que el libro se presenta como la búsqueda de una lengua fáctica que represente la relación causa-efecto y en donde no intervenga el acto de racionalidad tampoco parece ser tan lejano. El lenguaje cada vez se ha ido reduciendo, las palabras cada vez se han ido adaptando a la forma de hablar y a la facticidad. La retórica textual se comienza a perder y la heterogeneidad de lenguas existentes comienza a disminuir, el progreso y el mismo proceso de colonización se ha encargado de ello. La lengua del vencedor se impone, la del vencido desaparece. Y no sólo de países o culturas sino de ideologías de un mismo pueblo. Estamos sometidos a la policía del “pensamiento constantemente” en donde el libre pensar se ha convertido en muchas partes en delito, la dictadura del lenguaje en forma de ideología se ha convertido en ley; “La libertad es la esclavitud”.

Sin embargo la realidad es mucho más compleja que tirar al incitador las noticias que no nos gustan o tratar de evadir la realidad pensando que siempre fue así, la aceptación de un sistema impuesto no sólo muestra una triste realidad, sino va contrario al derecho inalienable del hombre que es la libertad. Foucault, continuador de cierta forma de la corriente de Lévi-Strauss hace una interesante acercamiento entre la idea de política y lenguaje.

Foucault nos habla de que la política no es nada mas que un ejercicio del lenguaje, es decir, las relaciones de poder y fuerza no son más que la circulación de ciertos discursos lingüísticos y como ellos se disponen económicamente para cumplir un fin.

Por otra parte Orwell nos hace presente esta interesante premisa: “Quien controla el pasado, controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado” así nos dice que quien maneja el discurso en el presente de por sí tendrá la capacidad de destruir o manipular el pasado e influir en el futuro. Ya no existe la concepción de tiempo, el tiempo se pierde como parte del sistema.

Dentro de esta verdad creada, el lenguaje cumple el papel de ente homogeneizador. Se pierde la individualidad, la identidad propia. El lenguaje ideológico actúa de tal forma que ya no opera como un ente externo de regulación, sino que parece actuar desde la misma conciencia de las personas (interesante acercamiento a la concepción de Lévi-Strauss acerca del lenguaje). Ya no existen los cuestionamientos simplemente se dan las cosas por hecho. Su modo de validación es el castigo, en aras del miedo del dolor físico y más que nada del dolor psicológico que descansa en la idea de no cumplir.

Vemos en la una parte del libro cuanto Winston ya es descubierto, los del partido se dan cuenta de que ha traicionado su ideología. La policía del pensamiento lo ha descubierto y se ha convertido en un miserable “crimental”, un criminal de la mente. Cuando lo comienzan a torturar hay una escena muy particular: su ejecutor aplicándole un inconmensurable dolor físico le pregunta cuantos dedos tiene en una mano (mostrándole cuatro), el dice que cuatro, luego le comienza aplicar más dolor (el tipo le dice que tiene cinco, mostrándole cuatro) y le pregunta nuevamente a lo cual él responde cinco, al fin de varias veces el comienza a dudar hasta de la propia realidad que observa frente sus ojos. El dolor es tan grande que sólo espera a que todo termine. Ya no le importa si son cuatro o cinco, sino que satisfacer el juego de su verdugo para quedar libre y liberarse del dolor. ¿Cuál es el camino más fácil cuando uno se ve amenazado?, ¿Satisfacer las ideas de nuestro verdugo o simplemente ver la realidad?.

En el libro de Orwell también hay un interesante juego de palabras, los nombres de los ministerios que forman parte del partido de Oceanía tienen en realidad nombres opuestos a los que realmente deberían ser. Hay un efecto de espejo, un juego que descansa en el contrario. El Ministerio de la Verdad que se encarga de las noticias y la educación, miente y manipula. El Ministerio de la Paz se dedica a los asuntos de la guerra, El Ministerio del Amor que debería representar la libertad incondicional es no más que un ente represor y el Ministerio de la Abundancia no mostraba más que una escasez enmascarada.

El lenguaje así parece relativo. Parece no haber una verdad absoluta, simplemente todo es una convención arbitraria. ¿Cómo se puede hacer leyes en un mundo en el cual el lenguaje no es más que una simple convención?, pues en Oceanía no las hay. En el mundo “real” complica su aplicación. Esto no hace dudar del lenguaje en un sentido estrictamente epistemológico. ¿Qué existe primero, el lenguaje y todo se construye a través de él?, ¿O nosotros en el actuar somos los creadores de los significados que atribuimos a las cosas?, filósofos como Winch, Gadamer y Wittgenstein ya han hecho parte de su reflexión esta discusión.

Lo más claro es que nosotros veremos la realidad a través del prisma de nuestro lenguaje, considerando el lenguaje como parte integrante de nuestra compleja configuración simbólica particular.

Al contrario de lo que se postula en el libro, la neolengua en la realidad no parecía factible como la mejor arma para la creación de un régimen autoritario. La idea de dominación parece descansar más sutilmente dentro de la propia diversidad, en el sentido de que la limitante lingüística como expresión del límite cultural de la nación da más condiciones para la manipulación y dominación ideológica. La limitante lingüística crea límites concretos en donde la gente se mantiene aprisionada dentro del ejercicio de su lengua nacional facilitando la opresión.

Además, esa homogeneidad lingüística permitiría una comunicación entre los diferentes pueblos por medio de la vía “democrática” lo que no haría nada más que volver más difícil la idea de ocultar y manipular la verdad.

Como diría Orwell en su libro, “la herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír sino por el hecho de permanecer cuerdo”, tratemos entonces de permanecer cuerdos en nuestra propia Oceanía: “Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho: Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar… ¡Muchas felicidades!”

Referencias:

• Orwell, George. Mil novecientos ochenta y cuatro. Ediciones Destino. 2001. Buenos Aires, Argentina.

• Radford, Michael. (Película) Nineteen Eighty-four. 1984. Gran Bretaña.

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2 Comentarios para “La Dictadura del Lenguaje”

  1. junio 16th, 2008 at 12:49 AM

    Catalina Tecas said:

    A usted le gusta escribir y expresarse.
    Y a mí, hoy me pareció una buena madrugada para escribir.

    Le mandé un mail,

    Saludos cordiales.-

  2. junio 24th, 2008 at 7:25 PM

    Danae Villanueva said:

    Hola Daniel…
    me recordó un discurso de García Márquez que se llama Botellas al mar para el Díos de las palabras, ahí lo lees si es q tienes un tiempecito, cuidate
    adios



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